
Llevamos días hablando de guerreros amazónicos (Chagnon), de poetas del hielo (Bailón) y de piedras sagradas en la India (Lewis). Pero hoy vamos a hacernos la pregunta definitiva: ¿Y si el «salvaje» no fuera más que un invento nuestro?
El antropólogo mexicano Roger Bartra soltó una bomba en su libro El salvaje en el espejo: el concepto de «hombre salvaje» no nació en las selvas americanas, sino en los sótanos de la mente europea medieval.
Mucho antes de que Colón viera una palmera, Europa ya estaba poblada de «hombres silvestres». Eran seres cubiertos de pelo, que vivían en los bosques, sin leyes, sin Dios y entregados a sus instintos. No eran personas reales; eran la antítesis de lo que el ciudadano civilizado debía ser. Necesitábamos al salvaje para definirnos a nosotros mismos. «Yo soy civilizado porque no soy como ese bicho peludo del bosque».
Cuando los exploradores llegaron a América, no vieron lo que había allí; vieron lo que esperaban ver. Proyectaron al «hombre silvestre» medieval sobre los indígenas. El «salvaje» es la coartada perfecta. Si el otro es un salvaje, yo tengo el derecho (y el deber) de civilizarlo, gobernarlo o estudiarlo como a un bicho raro. Hemos usado al salvaje como un vertedero donde tirar todo lo que nos da miedo de nosotros mismos: nuestra violencia, nuestra sexualidad y nuestro caos.
¿Qué ocurre hoy? Ya no quedan tierras incógnitas. Hemos cartografiado cada rincón con Google Maps. El salvaje del exterior está desapareciendo, y eso nos aterra. Al quedarnos sin salvajes de verdad a los que mirar, Occidente ha entrado en una crisis de identidad. Ahora nos damos cuenta de que el ‘civilizado’ es un ser aburrido, vacío y atrapado en el Juggernaut de Giddens. ¡Por eso ahora estamos obsesionados con lo ‘neo-primitivo’, el yoga extremo y las dietas paleolíticas! Queremos recuperar al salvaje que nosotros mismos matamos
Bartra nos ha pillado con las manos en la masa. El ‘salvaje’ es el mejor invento del hombre blanco para no tener que admitir que él es el mayor depredador del planeta. Llamamos salvaje al que vive en la selva, pero no al que aprieta un botón y borra una ciudad del mapa. Llamamos salvaje al que baila ante una piedra, pero no al que se arrodilla ante un algoritmo.



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