
Si alguna vez habéis sentido que el mundo va demasiado rápido, que las instituciones en las que confiabais se tambalean y que el suelo bajo vuestros pies es más líquido que sólido, no estáis locos. Simplemente estáis experimentando lo que Anthony Giddens diseccionó en su obra maestra: Consecuencias de la Modernidad.
Giddens nos explica que la modernidad ha roto el anclaje del espacio y el tiempo. Antes, tu vida dependía de tu vecino y del clima de tu aldea. Hoy, lo que pasa en una bolsa de valores al otro lado del mundo o un virus en un mercado lejano cambia tu vida en segundos. Estamos «desanclados». Vivimos en un lugar, pero nuestras vidas dependen de sistemas abstractos que no entendemos y que no podemos controlar.
Ya no confiamos en las personas, confiamos en las señales. No conoces al ingeniero que construyó el puente, pero cruzas con el coche a 100 km/h confiando en que no se caiga. Hemos depositado nuestra alma en manos de algoritmos, pilotos automáticos y burócratas anónimos. Es una fe ciega en la técnica que nos vuelve frágiles. Si el sistema experto falla, nos quedamos desnudos en mitad de la tormenta.
La Modernidad como un Juggernaut

Esta es la imagen más poderosa de Giddens. La modernidad no es un coche que conducimos; es un Juggernaut: un motor masivo, fuera de control, que avanza atropellando todo a su paso. A veces nos da seguridad, pero siempre bajo la amenaza de que el mecanismo se rompa y nos devore.
Lo que Giddens nos está diciendo es que hemos cambiado la libertad del guerrero por la «seguridad» del pasajero. Vamos montados en un tren bala que no tiene maquinista. Nos creemos muy modernos porque tenemos un smartphone, pero somos más dependientes que un campesino del siglo XII. Él sabía arar su tierra; nosotros no sabríamos ni cómo conseguir agua si se corta la electricidad.
Vivimos en el siglo del pánico oculto. Cuanto más compleja es nuestra tecnología, más pequeña es nuestra capacidad de reacción. El Juggernaut no se puede detener, pero al menos podríamos aprender a saltar antes de que llegue al barranco.



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