Los Unokais de Chagnon. ¿Nacemos buenos o nos fabricamos guerreros?

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Si crees que el ser humano es un ángel por naturaleza al que la «sociedad malvada» corrompe, prepárate para el impacto. En los años 60, un hombre llamado Napoleon Chagnon se metió en lo más profundo del Amazonas para convivir con los Yanomami. Lo que encontró no fue el paraíso de Rousseau, sino una sociedad donde la violencia no era un error, sino una estrategia.

Un unokai es un hombre yanomami que ha matado a otro ser humano. No son «psicópatas» marginados; en su cultura, son hombres de estatus. Chagnon, con su libreta y su mentalidad de biólogo, hizo algo que nadie se había atrevido a hacer: contar.

El dato que escuece: Chagnon descubrió que los unokais tenían, de media, tres veces más esposas y más hijos que los hombres que no habían matado.

Y aquí llega la bofetada a la Academia. Chagnon sugirió que la violencia tenía un beneficio evolutivo. En un mundo sin Estado, sin policía y sin jueces, el hombre capaz de ejercer la violencia protegía mejor a su grupo y atraía a más mujeres. Sus genes se propagaban con más fuerza. Chagnon no estaba diciendo que matar fuera ‘bueno’, estaba diciendo que era «eficaz». Y eso, en los despachos de las universidades con aire acondicionado, sentó como una patada en el estómago. ¡Cómo se atrevía este vaquero a decir que descendemos de los más fuertes y agresivos, y no de los más simpáticos!».

Por decir esto, Chagnon fue acusado de todo: de nazi, de instigador, de eugenista. Los antropólogos «líquidos» de la época querían que los indígenas fueran seres de luz que vivían en armonía poética. Chagnon les puso delante un espejo de sangre y les dijo: «Esto es lo que somos cuando se quita el barniz de la civilización».

El miedo a nuestra propia sombra

Lo que realmente asusta de los Unokais no es lo que hacían en la selva, sino lo que dicen sobre nosotros aquí, en la ciudad.

Nos da pánico admitir que llevamos el instinto de competencia y dominio grabado en el ADN. Preferimos creer que la violencia es un «invento» del capitalismo o del patriarcado, porque así pensamos que podemos «curarla» con un taller de fin de semana.

Chagnon nos recordó que el Monstruo no está fuera, está dentro. Y que la cultura no es lo que nos hace humanos, sino la correa que intenta evitar que nos despedacemos por un puñado de estatus.

Si mañana cae el sistema, el Unokai que llevas dentro se despertará con hambre.

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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