
Hay libros que te cambian la vida. Las voces del desierto, de Marlo Morgan, es uno de ellos. Su relato de una mujer occidental que camina descalza por el Outback australiano con una tribu de aborígenes «auténticos» es conmovedor. Habla de telepatía, de curaciones milagrosas y de una conexión mística que hace que nuestra vida moderna parezca una cárcel gris.
Es un libro enriquecedor, sí. El problema es que, para la antropología y para los propios aborígenes, es un espejismo peligroso.
El mensaje que los aborígenes no enviaron
Cuando el libro se convirtió en un fenómeno mundial, los líderes aborígenes de Australia se quedaron estupefactos. No reconocían ni sus ritos, ni sus palabras, ni sus costumbres en las páginas de Morgan. Lo que se presentaba como una crónica real era, en realidad, un refrito de ideas «New Age» empaquetadas con estética aborigen.
Tras años de presión, la autora tuvo que admitir que el libro era una fábula. Lo que leímos como una «biografía» era una novela de autoayuda disfrazada de antropología.

Morgan afirma que los aborígenes se comunican mediante telepatía. Pero la realidad es más fascinante: no necesitan leer la mente porque saben leer la Tierra. El pensamiento aborigen se basa en el «Tiempo del Sueño» (The Dreaming). Para ellos, el paisaje es un mapa de canciones y mitos. Saben dónde está el agua, dónde está el grupo y qué está sintiendo el otro no por un «superpoder», sino por una conexión sensorial y cultural tan profunda que a nosotros, los «civilizados» sordos y ciegos al entorno, nos parece magia.
El peligro del «salvaje mágico»
Al convertir a los aborígenes en seres telepáticos y místicos, cometemos el error del que nos advertía Roger Bartra: los deshumanizamos. Si son «seres mágicos», ya no son personas reales con problemas políticos, derecho a su tierra o una historia de sufrimiento bajo el colonialismo. Los convertimos en personajes de una película de Disney para sentirnos mejor con nosotros mismos.
A todos nos gustaría que existiera una tribu que se lee el pensamiento en el desierto; nos hace sentir que el mundo es menos aburrido. Pero la verdadera magia de los aborígenes australianos es mucho más dura: es haber sobrevivido 60.000 años en un lugar donde vosotr@s y yo no duraríamos una tarde.
No necesitan telepatía; necesitan que dejemos de inventarnos cuentos sobre ellos y empecemos a escuchar su voz real. Marlo Morgan les robó su identidad para vender millones de libros. Nosotros, en el Monstruo Líquido, preferimos al aborigen de carne, hueso y sudor antes que al fantasma telepático de una señora de Estados Unidos.



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