
Si pones en una mesa los diarios de Napoleon Chagnon sobre el Amazonas y las crónicas de Norman Lewis sobre las tribus de la India, parece que estás leyendo sobre dos planetas distintos. Chagnon nos habla de sangre, violencia reproductiva y la lucha biológica de los Unokais. Lewis nos habla de silencio, megalitos sagrados y la quietud de los dioses de piedra.
Pero si miras a través de la niebla del Interregno, verás que ambos están documentando la misma batalla: el último suspiro de la humanidad antes de ser domesticada.
Chagnon nos mostró que los Yanomami usan la violencia como frontera. Su agresividad no es maldad; es el muro que impide que otros (o el Estado) entren a decirles cómo vivir. Norman Lewis, en Donde las piedras son Dioses, nos muestra que los adivasi de la India usan lo sagrado como frontera. Sus piedras-dioses no son solo religión; son títulos de propiedad espiritual que el gobierno indio no sabe cómo expropiar. Chagnon describe el cuerpo que lucha. Lewis describe el alma que se resiste.
En ambos libros aparece el mismo villano: el burócrata, el misionero o el «civilizador» que llega con una medicina que el indígena no ha pedido y una ley que le quita su libertad.
Mientras Chagnon nos recuerda que somos animales con instintos de supervivencia, Lewis nos recuerda que somos seres que necesitan un «Centro» sagrado para no volvernos locos. Al perder ambos mundos, el hombre moderno del Interregno se ha quedado en tierra de nadie: no tenemos la fuerza del guerrero para defender nuestra libertad, ni la fe del creyente para dar sentido a nuestro dolor.
Personalmente, prefiero ser un unokai perseguido en la selva o un adorador de piedras en Bihar, antes que un Homo Scenicus en un centro comercial de Madrid. Porque al menos los primeros saben por qué mueren, mientras que los segundos no saben por qué viven.



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