El «Homo Scenicus» (o el actor sin descanso)

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En 1956, Erving Goffman nos soltó una verdad que todavía nos escuece: la vida social es un teatro. No es que seamos mentirosos, es que somos actores. Todos tenemos una «región anterior» (el escenario donde damos nuestra mejor cara) y una «región posterior» o «trastienda» (donde nos quitamos los zapatos, nos rascamos donde pica y dejamos de fingir).

Pero en este Interregno líquido que habitamos, algo se ha roto. El escenario ha invadido la cocina, el dormitorio y hasta el alma.

Antes, cuando cerrabas la puerta de tu casa, el telón caía. Podías ser tú mismo, con tus miserias y tus silencios. Hoy, el Homo Scenicus entra en su casa y lo primero que hace es encender la cámara. La cena no se come, se fotografía. El viaje no se disfruta, se retransmite.

Hemos destruido el único lugar donde podíamos descansar de nosotros mismos. Si todo es público, nada es íntimo. Y si nada es íntimo, no hay refugio para el yo.

Lo más retorcido del Bestiario actual es que el actor finge que no actúa. Se lleva «lo natural» al escenario.

Se graban llorando, se graban recién despertados, se graban siendo «vulnerables». ¡Pero es mentira! En el momento en que decides dónde poner la luz para que tu tristeza se vea bien en pantalla, ya no estás sufriendo, estás produciendo contenido. Es la trampa definitiva del ego.

El Homo Scenicus vive en un estado de alerta permanente. Teme el «silencio en la sala» (la falta de likes) o el abucheo digital. Como resultado, su personalidad se vuelve líquida: cambia según lo que el algoritmo —ese nuevo director de escena tiránico— le pida en cada función.

¿Quién queda cuando se apagan las luces?

Lo que Goffman no pudo predecir es que acabaríamos siendo los esclavos de nuestro propio personaje. El pirata que finge ser valiente acaba siéndolo, pero el moderno que finge ser feliz para su muro de Facebook acaba sintiéndose un extraño en su propio cuerpo.

Estamos criando una generación de seres que son puro escaparate y no tienen almacén. Si les quitas el teléfono, se disuelven, porque ya no saben quiénes son cuando nadie los mira. Son criaturas de cristal: brillantes por fuera, pero vacías por dentro.

2 respuestas

  1. […] vivimos en el extremo opuesto. El Homo Scenicus de nuestro Bestiario define su identidad por lo que posee. Hemos creado leyes, alarmas y prisiones […]

  2. […] prefiero ser un unokai perseguido en la selva o un adorador de piedras en Bihar, antes que un Homo Scenicus en un centro comercial de Madrid. Porque al menos los primeros saben por qué mueren, mientras que […]

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los «monstruos» que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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