
En 1818, el almirante británico John Ross llegó al rincón más aislado del mundo: las tierras de los Inughuit, en el norte de Groenlandia. Eran un pueblo que creía que ellos eran los únicos seres humanos del universo. Ross anotó en su diario que «parecían felices y satisfechos». Pero, en cuanto los Inughuit subieron al barco, estalló el primer conflicto cultural: empezaron a coger todo lo que brillaba o parecía útil.
Para los británicos, aquello era un hurto descarado. Para los Inughuit, era simplemente repartir la abundancia.
El mito de la propiedad privada
En el Ártico extremo, la propiedad privada es una sentencia de muerte. Si tú tienes un anzuelo y yo no, y yo no puedo pescar, ambos moriremos. Los Inughuit no eran «ladrones», eran habitantes de una economía del don y del uso.
Las cosas pertenecen a quien las necesita en ese momento. El concepto de «mío» frente a «tuyo» no tiene sentido donde la naturaleza es el único dueño.
El asombro del Hombre Blanco
Los hombres de Ross se sintieron violados en su intimidad. Para un europeo del siglo XIX, su propiedad era la extensión de su ser. Para el Inughuit, ver un barco lleno de objetos inútiles (para ellos) acumulados por unos extraños era como ver un árbol cargado de fruta que nadie se come: lo lógico es cogerla.
El Interregno o el secuestro de las cosas
Hoy vivimos en el extremo opuesto. El Homo Scenicus de nuestro Bestiario define su identidad por lo que posee. Hemos creado leyes, alarmas y prisiones para proteger objetos que, a menudo, ni siquiera usamos. Ross y sus hombres se creían civilizados, pero eran esclavos de sus baúles. Los Inughuit eran libres porque sus manos estaban vacías hasta que necesitaban algo. Nosotros hemos convertido el ‘tener’ en una religión, y al que no tiene lo llamamos criminal
Los hombres de Ross se escandalizaron porque los ‘salvajes’ les cogían las cucharas de plata, pero no se escandalizaron de que su propio imperio estuviera robando continentes enteros a punta de cañón. El Inughuit coge un martillo porque lo necesita para reparar su trineo; el civilizado acumula un tesoro para que nadie más lo toque. ¿Quién es más racional? En el Interregno, hemos olvidado que las cosas son herramientas para vivir, no trofeos para exhibir.



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