«Innfocracia» (Byung-Chul Han) o el capitalismo seductor

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Byung-Chul Han lo ha dejado claro: la digitalización no es progreso, es un tsunami de datos que está demoliendo la democracia. Ya no estamos en la era de la disciplina de Foucault donde el poder te vigilaba; ahora estamos en el Panóptico Digital, donde nos desnudamos voluntariamente ante Google y Facebook porque nos han hecho creer que eso es ser «libres».

La Infocracia es el dominio absoluto del algoritmo. Las campañas electorales ya no son debates de ideas, son guerras de información libradas por ejércitos de troles y bots que aniquilan la acción racional. Nos han degradado a la condición de ganado consumidor y ganado de votantes.

Lo más retorcido es el papel de los influencers. Son los nuevos capataces del sistema neoliberal: nos venden la «autorrealización» a través del consumo, convirtiendo la libertad en un simple «click» o un «like». Mientras creemos que nos comunicamos, en realidad estamos en un «enjambre digital» de individuos aislados, incapaces de formar un nosotros que pueda cuestionar el poder real. La transparencia que nos venden no es democracia, es el proceso pornográfico de exponerlo todo como mercancía.

El concepto central

Publicada el 7 de abril de 2022 por Taurus Ediciones, Infocracia es una obra de apenas 120 páginas —fiel al estilo aforístico y denso que caracteriza a Byung-Chul Han— pero de un alcance intelectual extraordinario.

Han define la infocracia como «el régimen de la información», una forma de gobierno en la que el poder ya no reside en instituciones visibles ni en aparatos coercitivos tradicionales, sino en el control y la circulación de datos digitales. Es una dominación que no se siente como tal porque se experimenta como libertad, como conexión, como entretenimiento.

Han reformula a Carl Schmitt: «quien manda sobre la información en la red detenta el poder soberano en el mundo contemporáneo». La soberanía ya no es territorial. El Estado cede protagonismo a las plataformas tecnológicas que acumulan, procesan y monetizan la información de millones de ciudadanos sin apenas regulación democrática.

Retomando a Foucault, Han advierte: «La soledad es la primera condición de la sumisión total». El individuo hiperconectado, paradójicamente aislado, se convierte en el sujeto ideal de la vigilancia digital: sin red de apoyo comunitario, sin tiempo para la reflexión, perfectamente modelable por los algoritmos.

El diagnóstico

El corazón de Infocracia es un diagnóstico implacable del deterioro de las democracias liberales en la era digital. Han no se limita a describir síntomas superficiales; rastrea los mecanismos estructurales que convierten la información —en principio, herramienta de emancipación— en instrumento de dominación y fragmentación social.

  • Las elecciones contemporáneas ya no se ganan con argumentos, sino con operaciones de información: bots automatizados, cuentas falsas coordinadas y ejércitos de trolls que inundan el espacio público con desinformación y discursos de odio. El objetivo no es convencer, sino cansar, confundir y polarizar. La deliberación racional queda reemplazada por el ruido algorítmico.
  • Las grandes plataformas no solo observan: predicen y moldean. Mediante algoritmos procesan millones de señales digitales para construir modelos de comportamiento electoral. Han se refiero a ello como el gobierno de las almas a través del análisis de datos.
  • Los políticos como memes. Fragmentan la política en tuits y se convierten ellos mismos en memes. No son una anomalía sino la expresión más acabada de una lógica mediática que premia el impacto emocional inmediato sobre la coherencia ideológica. Así, la política se convierte en un espectáculo performativo diseñado para viralizar, no para gobernar.
La infodemia

Han establece una reveladora comparación entre los dos grandes distópicos del siglo XX. Orwell imaginó el control a través del miedo y el dolor; Huxley, a través del placer y el entretenimiento. La sociedad actual, nos advierte Han, se parece más a la propuesta de Huxley: el ciudadano no es forzado a obedecer, sino seducido a consumir. La infodemia (sobreabundancia de información contradictoria) no aturde mediante el terror, sino mediante la saturación placentera.

La sobreabundancia de información no produce ciudadanos más informados: produce desorientación sistémica. Cuando todo puede ser verdad o mentira, la distinción misma pierde sentido. Han habla de una «sociedad de la desconfianza» en la que la verdad no se busca, sino que se construye y deconstruye al servicio e intereses del poder.

Implicaciones

Más allá del diagnóstico político, Han profundiza en las consecuencias filosóficas y antropológicas de la infocracia. La digitalización no solo transforma las instituciones: transforma al ser humano mismo, su capacidad de atención, su disposición al diálogo, su identidad y su relación con los demás.

  • Atomización y narcisificación. El individuo hiperconectado es, de forma paradójica, un individuo solo y ensimismado. La infocracia produce narcisismo estructural. El sujeto solo puede escucharse a sí mismo, amplificado por cámaras de eco algorítmicas. Esta atomización destruye la condición fundamental de la democracia según Habermas y Arendt: la capacidad de escucha auténtica del otro.
  • El culto a yo y la guerra de identidades. En lugar de debate racional, la esfera digital se convierte en un teatro de identidades en conflicto. Las opiniones dejan de ser posiciones argumentadas y se convierten en marcadores de tribu. Cuestionar una opinión equivale a atacar a una identidad. El discurso racional es sustituido por el espectáculo mediático, y la esfera pública queda reducida a un mero «show para el público».
  • La despolitización de los «seguidores» (followers). Los ciudadanos nos convertimos en ganado consumista. Los seguidores o followers no deliberan, tan solo consumen contenidos políticos como si fueran productos de entretenimiento. La distinción entre opinión e identidad colapsa. El resultado es una ciudadanía políticamente paralizada, incapaz de articular proyectos colectivos que trasciendan la reacción inmediata.
  • El cortoplacismo digital. Han nos advierte que la racionalidad democrática necesita tiempo: tiempo para leer, reflexionar, deliberar y construir consensos. El ritmo vertiginoso de la información digital es estructuralmente incompatible con ese tiempo largo que se necesita. El cortoplacismo no es un accidente: es la lógica misma del sistema.

Es esta una lectura obligada en la era de la posverdad y de la posmodernidad… en la era del Interregno.

5 respuestas

  1. […] el momento en que el trabajo se convirtió en deuda y la palabra en orden. En nuestro mundo de «Infocracia» y control algorítmico, Clastres nos lanza una pregunta que nos quema en las manos: ¿Cómo hemos […]

  2. […] hoy, en la era de la Infocracia y el Capitalismo Estético, el tatuaje ha sufrido una «evaporación de sentido». Se ha convertido […]

  3. […] sabía que el mar es el único lugar donde la Infocracia no tiene jurisdicción. Allí no eres un ‘usuario’, eres una mota de polvo frente al […]

  4. […] matices, el Gólem los aplasta con una opinión de 280 caracteres. Es el hijo predilecto de la Infocracia de Han: un ser que confunde la velocidad con la verdad y la indignación con la […]

  5. […] dice Han en su Infocracia, nos hemos convertido en datos legibles. El Perfil es una jaula de cristal donde nos encerramos […]

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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