
El blues se canta con las tripas porque las tripas duelen. Un Perfil de Usuario no puede cantar blues porque no tiene herida, solo tiene filtros. La única forma de volver a ser reales es abrazar nuestra parte no editable, la que no sale bien en las fotos y la que el algoritmo no sabe clasificar. La libertad empieza donde tu perfil se queda mudo.
Mirad la diferencia: el Asmat se funde con el hermano para sobrevivir; el moderno se funde con su Perfil para existir. Hemos pasado de la «persona» (que en latín significa máscara teatral) al «usuario«, que es alguien que ya no vive, sino que usa su propia vida como material publicitario.
El Perfil es un cadáver exquisito de nuestra identidad. Es una selección artificial de momentos felices, platos de comida estéticos y opiniones prefabricadas que lanzamos al algoritmo para recibir una limosna de dopamina. Pero aquí está el horror: el Perfil no es una representación de nosotros, es nuestro reemplazo.
Como dice Han en su Infocracia, nos hemos convertido en datos legibles. El Perfil es una jaula de cristal donde nos encerramos voluntariamente. Ya no hay misterio, no hay contradicción, no hay «malos días». Si no está en el perfil, no ha sucedido. Hemos matado al sujeto real, con sus miedos y su sudor, para adorar a un ídolo de píxeles que nunca envejece y que siempre tiene la frase correcta. Somos los taxidermistas de nuestra propia existencia: vaciamos nuestra vida de vísceras para rellenarla de paja digital y que luzca bien en la vitrina de la red.



Deja un comentario