
Hubo un tiempo en que el tatuaje era un rito de paso, un umbral de dolor que te vinculaba a la tribu, a los ancestros o a una condena. Como diría Clastres, era la escritura de la sociedad sobre el cuerpo: una marca que no podías vender ni cambiar. El tatuaje dolía porque la identidad duele; era un compromiso eterno con una verdad.
Pero hoy, en la era de la Infocracia y el Capitalismo Estético, el tatuaje ha sufrido una «evaporación de sentido». Se ha convertido en un sticker de lujo, en un accesorio de moda que compramos como quien compra una funda para el móvil. La gente se tatúa porque tiene miedo al vacío, pero lo hace con imágenes vacías: frases de azucarillo, geometrías sin alma o modas de Pinterest que caducan a los seis meses.
Hemos pasado del tatuaje-memoria al tatuaje-escaparate. Antes, el tatuaje te hacía único porque te ligaba a una historia colectiva; ahora, el tatuaje te hace igual a todos los demás en el feed de Instagram. Es la democratización del ornamento y la muerte del símbolo. Nos tatuamos la piel para ocultar que, por dentro, estamos en blanco.



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