
Siempre nos han contado la misma milonga: que la humanidad «progresa» desde el caos salvaje hacia la civilización del Estado. Nos dicen que los pueblos indígenas son «sociedades sin Estado» porque son «primitivos» que aún no han aprendido a organizarse.
Vino Pierre Clastres y, en su obra maestra La sociedad contra el Estado, le dio la vuelta al mapa: los pueblos de la selva no es que no tengan Estado, es que se organizan activamente CONTRA el Estado.
El jefe que no manda
Clastres observó algo asombroso: en muchas tribus americanas, el «jefe» es el que menos manda. No tiene poder de mando, no puede obligar a nadie a hacer nada. Su función es hablar, ser generoso y mediar. Si intenta ponerse autoritario, la tribu le da la espalda o lo abandona. La sociedad salvaje sabe que el poder político es un cáncer que hay que extirpar antes de que haga metástasis.
La guerra como libertad
¿Por qué guerrean tanto estas sociedades? Según Clastres, la guerra es lo que mantiene a la sociedad fragmentada y pequeña. Mientras haya guerra entre grupos, nadie puede unificarlos a todos bajo un solo mando. La guerra impide la aparición de un «Centro», de un «Rey», de un «Leviatán».
La paradoja: Prefieren la inseguridad de la guerra entre iguales que la «paz» impuesta por un superior.
Para el pensamiento salvaje, la división es la vida. El Estado es el «Uno», la uniformidad, el fin de la libertad individual en favor de una maquinaria burocrática. Nosotros, los modernos, hemos aceptado ser súbditos a cambio de seguridad. Ellos prefieren ser guerreros a cambio de autonomía.
Nos reímos de los ‘salvajes’ porque se pelean por una hilera de cuentas o por el honor, mientras nosotros pagamos impuestos, obedecemos leyes absurdas y dejamos que unos tipos en traje decidan hasta cuántas veces podemos respirar.
Clastres nos enseñó que el Estado no es un logro de la evolución, es una derrota de la sociedad. Es el momento en que el pueblo deja de ser un cuerpo vivo para convertirse en una masa dócil. Los Yanomami o los Guayaki prefieren morir con una flecha en el pecho que vivir con una cadena en el cuello, aunque la cadena sea de oro y tenga WiFi.



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