«Palos, piedras y huesos rotos»: la cara oscura del Neolítico.

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Si crees que la guerra y la violencia a gran escala son inventos modernos de los Estados y el Capitalismo, la arqueología forense tiene un mensaje para ti: mira los huesos. El libro coordinado por Linda Fibiger y Rick Schulting analiza restos de miles de personas del Neolítico europeo y la conclusión es escalofriante: la violencia era una constante.

El mito de la Edad de oro

A menudo imaginamos a los primeros agricultores como gente pacífica, viviendo en armonía con la tierra. Pero los restos óseos cuentan otra historia: cráneos con traumatismos por impacto de hachas de piedra, puntas de flecha incrustadas en las vértebras y fosas comunes que gritan «masacre».

Uno de cada diez esqueletos analizados presentaba signos de violencia. En algunas zonas, la tasa de muerte violenta era superior a la de cualquier guerra moderna.

La investigación de Fibiger y Schulting golpea directamente en el corazón de una narrativa ampliamente extendida: la idea de que las sociedades prehistóricas vivían en una especie de armonía primordial, antes de que la civilización introdujese el conflicto y la guerra. Los datos reunidos en el libro demuestran de manera contundente que la violencia era un componente real y significativo de la vida en Europa hace más de cinco mil años, desafiando tanto las visiones románticas del «buen salvaje» como las interpretaciones simplistas que ven en la agricultura el origen inevitable del conflicto armado.

Violencia pre-Estado

Aquí es donde el libro nos conecta con Pierre Clastres y Napoleón Chagnon. El libro demuestra que no hace falta tener un Rey o un Ejército para que los seres humanos se maten entre sí de forma sistemática. La competencia por la tierra, el ganado o el estatus ya generaba «guerras totales» hace 7.000 años.

Más allá de documentar la existencia de violencia, el libro explora sus implicaciones para comprender la organización social de las comunidades neolíticas. La violencia no ocurría en el vacío sino que estaba íntimamente ligada a las estructuras de poder, a la competencia por territorios y recursos, y a las identidades colectivas emergentes. El análisis de quién sufría la violencia -en términos de edad, sexo y posición social- arroja luz sobre las jerarquías y tensiones internas de estas sociedades.

En nuestro mundo líquido, nos gusta pensar que la violencia es una «enfermedad» que podemos erradicar con educación. Este libro nos recuerda que la agresividad es parte de nuestro kit básico de supervivencia desde que bajamos de los árboles.

Nos gusta llamarnos «civilizados» y mirar con horror esos cráneos rotos con mazas de piedra, pero la única diferencia entre un tipo del Neolítico y nosotros es el alcance de la herramienta. Él te rompía la cabeza con una piedra porque quería tu trigo; nosotros borramos ciudades por el petróleo.

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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