
Françoise de Graffigny no fue solo una dramaturga y anfitriona de los salones literarios de su época. Fue también la mujer que puso a llorar a todo París en 1747 y, de paso, le dio una patada en la espinilla al patriarcado ilustrado. Zilia, la protagonista de «Cartas de una peruana«, no es solo una princesa inca perdida, es sobre todo la mirada más afilada que jamás haya juzgado la hipocresía de la «civilización» francesa.
Zilia, una virgen del sol inca, es raptada por los españoles y luego capturada por los franceses. Desde su cautiverio de seda en París, escribe cartas a su amado Aza (usando quipus, esos hilos con nudos que eran la escritura de los Andes) analizando la extraña y absurda fauna de la aristocracia europea.
Cuando Zilia llega a París comienza a alucinar. No entiende por qué los franceses viven para ser vistos y no para ser. Dice que los europeos son esclavos de sus propios muebles y de sus modales rígidos. «Aquí las palabras no sirven para decir la verdad, sino para adornar la mentira«, parece susurrarle a Graffigny.
Al igual que nuestro amigo el hurón, Zilia se horroriza al ver que en Francia hay gente que muere de hambre mientras otros visten hilos de oro. Para una inca, donde todo se compartía bajo el sol del Inca, la propiedad privada le parece una forma de locura colectiva.
Pero lo que hizo grande a este libro fue su final. El capitán francés, Déterville, se enamora de ella y quiere casarse. ¿Y qué hace Zilia? ¿Se rinde a sus pies? ¡Ni hablar! Zilia decide vivir sola, ser dueña de su propia casa y de sus libros. Prefiere la amistad y el pensamiento a la servidumbre del matrimonio. ¡Eso en 1747 era pura dinamita!



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