«Dersu Uzala», o el hombre que avergonzó a la ciencia

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Dersu Uzala no es solo un libro trasladado posteriormente a la gran pantalla. Es, sobre todo, un recordatorio brutal de que cuanto más nos encerramos en ciudades inteligentes, más estúpidos nos volvemos para entender la vida.

A principios del siglo XX, el explorador ruso Vladimir Arseniev se internó en el Extremo Oriente ruso (el Ussuri). Allí se encontró con Dersu, un cazador de la etnia Hezhen que vivía en una simbiosis absoluta con la naturaleza. Dersu no es un personaje de ficción; es el espejo donde nuestra modernidad se ve deforme y ridícula.

Para Dersu todo está animado. El fuego es «gente», el viento es «gente», el tigre es «gente». No es superstición, es una ética de la reciprocidad. Mientras nosotros vemos «recursos naturales» para explotar, él ve vecinos a los que respetar. Si maltratas al río, el río se vengará. Es la ecología antes de que inventáramos la palabra.

Arseniev, el científico con mapas y sextantes, está ciego en dicho entorno. Dersu lee el mundo: una brizna de hierba doblada le dice quién pasó, cuándo y si tenía hambre. Nosotros hemos ganado datos, pero hemos perdido el instinto de lectura de la realidad. Vivimos en la superficie; Dersu vivía en la esencia.

El final del libro es el puñetazo más duro de la literatura. Cuando Arseniev intenta «salvar» a Dersu llevándolo a la ciudad, lo mata. Dersu no entiende por qué hay que pagar por el agua o por qué no se puede disparar en la calle. La ciudad es la prisión del espíritu libre. El «progreso» es el veneno que mata al hombre que sabe vivir solo con lo que pesa su rifle.

Dersu Uzala es el antídoto contra el «Homo Economicus» que ya hemos analizado antes en este blog. Dersu no acumula, Dersu comparte incluso con el desconocido que pasará por su choza meses después de que él se haya ido. Esa es la verdadera aristocracia. ¿Sabéis qué es lo que más me duele? Que hoy todos somos Arseniev: miramos a la naturaleza con curiosidad, pero ya no sabemos hablar su idioma.

Una profunda conexión

En el corazón de Dersu Uzala late una amistad que desafía todas las barreras: la del idioma, la de la cultura, la de la clase social y la de la educación. La relación entre el oficial zarista Vladimir Arseniev y el cazador nativo Dersu es uno de los vínculos más conmovedores y auténticos de toda la literatura de exploración. No es una amistad construida sobre la igualdad formal ni sobre intereses comunes evidentes, sino sobre algo mucho más profundo y difícil de articular: el reconocimiento mutuo de la humanidad del otro en su diferencia radical.

A través de los ojos de Dersu, Arseniev aprende a mirar el mundo de una manera completamente nueva. La naturaleza deja de ser un telón de fondo inerte o un obstáculo a superar y se convierte en una presencia viva, compleja y sagrada con la que es necesario negociar y dialogar constantemente. Los ciclos de las estaciones, los movimientos de los animales, los cambios del viento y la lectura de las nubes dejan de ser fenómenos puramente físicos para convertirse en un lenguaje que Dersu domina con una fluidez asombrosa y que Arseniev aspira a aprender.

Pero la obra no es únicamente una celebración de la vida al aire libre ni un idilio roussoniano sobre el buen salvaje. Hay en ella una conciencia trágica muy honda: la de que el mundo que Dersu representa está condenado a desaparecer ante el avance inexorable de la civilización industrial. La melancolía que impregna las últimas páginas del libro no es solo personal, la despedida de un amigo entrañable, sino civilizatoria: el lamento por una forma de estar en el mundo que la modernidad borra sin siquiera molestarse en comprender.

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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