«Homo economicus»: el monstruo que nos obligaron a ser.

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¡El Homo Economicus! ¡Ese homúnculo de laboratorio!. Esa criatura que los economistas se inventaron para no tener que tratar con seres humanos de verdad. Un ser que no tiene madre, ni amigos, ni resacas; solo tiene una calculadora en lugar de corazón y un Excel por cerebro. Dicen que siempre toma ‘decisiones racionales’ para maximizar su beneficio. ¡Qué aburrimiento de bicho!.

Nos han vendido una gran mentira: que somos máquinas de calcular. El ‘Homo Economicus’ es ese modelo teórico que dice que tú, yo y el vecino solo nos movemos por interés propio, comparando costes y beneficios en cada segundo de nuestra existencia.

Reflexionemos un momento. Si solo somos racionales cuando buscamos el beneficio material, ¿dónde queda el que regala su tiempo, el que se juega la vida por un ideal o el que simplemente se tumba a mirar las nubes sin producir nada? Para la economía moderna, esa persona es «ineficiente». Para la vida, es la única que está cuerda.

El Homo Economicus vive aterrado por la escasez, siempre queriendo más. Pero volvamos a los !Kung del Kalahari que tanto mencionamos en este blog: ellos vivían en la abundancia porque sus necesidades eran pocas. El Homo Economicus es pobre aunque tenga millones, porque su deseo es infinito y su tiempo está hipotecado.

Al convertirnos en este modelo, hemos empezado a tratar nuestras relaciones como inversiones. «¿Qué me aporta esta persona?», «¿Me sale a cuenta este viaje?». Hemos dejado de ser humanos para ser activos financieros que caminan y respiran.

2 respuestas

  1. […] Uzala es el antídoto contra el «Homo Economicus» que ya hemos analizado antes en este blog. Dersu no acumula, Dersu comparte incluso con el […]

  2. […] lo decían sus instrumentos; Dersu sentía la tormenta porque él era parte de ese paisaje. El «Homo Economicus» habría calculado las probabilidades de supervivencia; el «Hombre-Bosque» simplemente se puso a […]

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los «monstruos» que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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