
¿Viajas para descubrir el mundo o solo para decorar tu Instagram? Hemos convertido el planeta en un decorado de cartón piedra. El verdadero viaje empieza cuando dejas el palo selfie en casa y te atreves a mirar donde no hay cobertura.
El turista moderno es el enemigo número uno de la antropología real. Ya no viaja para ser transformado por el lugar, viaja para que el lugar confirme su Perfil de Usuario. Es la culminación de lo que Han llama la «sociedad de la transparencia»: todo tiene que ser fotografiable, todo tiene que ser liso, todo tiene que ser un escenario.
El turista de experiencias no quiere la alteridad del «otro» (como los Asmat), quiere un parque temático de lo exótico. Va a la selva, pero exige Wi-Fi; va al templo, pero lo usa como fondo para su outfit. Es una forma de colonialismo espiritual: consume el espacio, lo vacía de su misterio, se hace el selfie y se va al siguiente destino en la lista de «cosas que ver antes de morir».
Lo más triste es que el turista cree que es libre porque se desplaza, cuando en realidad solo está trasladando su propia jaula mental de un país a otro. No hay viaje porque no hay «otro». El mundo se ha convertido en una pantalla táctil gigante y el turista es el dedo que la ensucia buscando una gratificación instantánea. Es el fin de la aventura!!!



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