La trampa de la «desigualdad»: cómo la tecnocracia neutralizó la revolución

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Nos enseñaron a quejarnos en los términos del enemigo. Hoy en día, la indignación social se mide en coeficientes de Gini, gráficos de tarta y deciles de ingresos. Hablamos de «desigualdad» como si fuera un fenómeno meteorológico, una especie de niebla inevitable que cae sobre la economía y que solo los expertos en política pública, armados con subsidios y retoques fiscales, pueden disipar.

Pero este lenguaje no es inocente. Es un anestésico.

Al encuadrar el desastre social bajo el término «desigualdad», los reformistas tecnocráticos han ganado el juego antes de empezar. El término acepta de forma implícita un dogma perverso: el sistema actual es el único marco posible, y la única tarea pendiente es pulir sus aristas más sangrientas.

Dominación Vs. Desigualdad: la gran sustitución

Si le preguntas a un tecnócrata por el problema de la pobreza, te hablará de redistribución porcentual. Si le preguntabas a un indio de los bosques del Este de Norteamérica en el siglo XVII, te hablaría de algo radicalmente distinto: la libertad y la subordinación.

  • La desigualdad es una métrica cuantitativa: ¿Cuánto tiene A respecto a B?
  • La dominación es una realidad cualitativa y política: ¿Tiene A la capacidad de obligar a B a hacer algo contra su voluntad bajo amenaza de miseria o violencia?

Al cambiar el concepto de dominación por el de desigualdad, los administradores del Juggernaut lograron un milagro conceptual: borraron el poder de la ecuación. Si el problema es solo de números, la solución la tienen los economistas, no la autoorganización de la gente. Nos devuelven la protesta social convertida en una petición de reformas contables.

El origen de la trampa

Graeber y Wengrow nos recuerdan cómo se inventó este problema falso. Cuando Jean-Jacques Rousseau escribió su famoso ensayo sobre el «origen de la desigualdad entre los hombres», ya estaba picando en el anzuelo del pensamiento conservador de su época.

Al plantear la cuestión como la pérdida de una «igualdad primordial» propia de un pasado mítico e infantil, la narrativa moderna sentenció que la civilización, por su propia complejidad, exige inevitablemente la jerarquía. Si queremos ciudades, tecnología y complejidad, debemos resignarnos a perder la libertad y conformarnos, a lo sumo, con «gestionar la desigualdad».

«Decir que el problema es la ‘desigualdad’ es aceptar desde el principio que no hay posibilidad de transformación social real que plantearse siquiera. Es la rendición disfrazada de pragmatismo.»

Romper el marco

Reclamar la libertad no es exigir que la diferencia entre el 1% y el 99% se reduzca tres puntos porcentuales en el próximo trimestre fiscal. Es recuperar las preguntas que la tecnocracia ha intentado enterrar:

  1. ¿Por qué hemos perdido la capacidad de desobedecer órdenes sin morir de hambre?
  2. ¿Por qué no podemos imaginar otras formas de organizarnos que no impliquen la burocracia estatal ni la tiranía del mercado?

El primer paso para desmontar el Juggernaut es rechazar su diccionario. No queremos una versión más limpia, educada y redistribuida de la servidumbre. Queremos volver a hablar de libertad.

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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