ONGs, la nueva avanzadilla del Imperio

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Es muy fácil juzgar el pasado. Nos encanta escandalizarnos cuando leemos cómo la Iglesia y el Imperio Español del siglo XVII enviaban misioneros a la selva para «reducir» a los indígenas, cambiarles las costumbres, mapear sus territorios y convencerlos de que su forma de vida era salvaje y errónea. Nos echamos las manos a la cabeza y lo llamamos etnocidio o colonialismo.

Pero, ¿Qué pasa cuando esa misma lógica ocurre hoy, en pleno siglo XXI, y el misionero ya no lleva sotana, sino un chaleco multibolsillos y un logotipo de cooperación internacional?

La misma superioridad, diferente catecismo

En la época de la conquista, el fraile asumía que el nativo era un «menor de edad» incapaz de salvar su alma por sí mismo. Hoy, la avanzadilla moderna opera bajo la misma premisa psicológica, pero traducida al lenguaje de la burocracia global.

Los jesuitas llegaban a las misiones convencidos de que traían la Verdad Absoluta (la Fe). Las ONGs actuales llegan con la otra Verdad Absoluta: el «Desarrollo», la «Gobernanza» o la «Sostenibilidad». La asimetría sigue intacta: existe la idea incuestionable de que el local es incapaz de gestionar su propia vida o su territorio sin que un experto occidental (el técnico de turno o el antropólogo reconvertido en consultor) le diga cómo tiene que organizarse.

El «mapeo» de la miseria

Antes de aplicar las Leyes de Indias, la Corona necesitaba informes etnográficos para saber cómo controlar a la población. Hoy, las ONGs hacen exactamente lo mismo a través de los famosos «diagnósticos participativos».

Para conseguir financiación en los despachos de Bruselas, Ginebra o Washington, la ONG necesita extraer los datos del sufrimiento del Otro. Van al campo, graban testimonios, miden la vulnerabilidad y cuantifican la pobreza. Al final (y conectando con el tramposo Principio 6 de la AAA sobre la «propiedad de los registros»), esa información se convierte en un informe técnico de 200 páginas que justifica los salarios de la sede central de la organización. La comunidad pone el decorado y su miseria; la corporación humanitaria se queda con el estatus y los fondos de la subvención.

La domesticación de la resistencia

Históricamente, cuando un pueblo era oprimido, generaba mecanismos de resistencia radical y autonomía. Hoy, cuando surge un conflicto social legítimo por la tierra o los recursos frente a una multinacional, la avanzadilla moderna desembarca para «institucionalizar» la queja.

Transforman la rabia y la dignidad comunitaria en «talleres de resolución de conflictos», «mesas de diálogo» y «proyectos de empoderamiento». Convierten al líder comunitario rebelde en un gestor que tiene que rellenar facturas y justificar ayudas. La ONG actúa como el anestésico del Imperio: calma la tormenta para que el sistema global siga funcionando sin revoluciones reales.

El jesuita de las misiones al menos se jugaba el pellejo frente a las flechas y las fiebres por defender lo que creía. El cooperante moderno va con seguro médico internacional, duerme en un hotel con aire acondicionado en la capital y visita la comunidad los martes por la mañana para hacerse la foto del informe.

Son la avanzadilla de guante blanco. No necesitan espadas porque tienen presupuestos. No imponen el bautismo, imponen la burocracia. Al final, el resultado es idéntico: convencer a la gente del lugar de que su forma de vivir está mal y que la única forma de salvarse es parecerse a nosotros.

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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