
Durante décadas, nos han vendido una historia de cuna: que antes de que llegaran los Estados, los reyes y la propiedad privada, la humanidad vivía en una paz idílica. Se decía que las «guerras» tribales eran solo juegos simbólicos donde nadie moría de verdad. Entonces llegó Lawrence H. Keeley, miró los yacimientos arqueológicos y dijo: «Mentira».
Keeley acuñó un término brillante: «La pacificación del pasado». Explicó cómo los intelectuales modernos, asqueados por las Guerras Mundiales, proyectaron sus deseos de paz en la prehistoria. Ignoraron las fosas comunes y los cráneos destrozados para no arruinar su teoría de que «la civilización nos vuelve malos».
Keeley comparó las tasas de mortalidad por guerra en sociedades tribales frente a los Estados modernos. El resultado fue un puñetazo en el estómago:
- En muchas sociedades preestatales, la probabilidad de morir a manos de otro ser humano era de un 15% a un 60%.
- Si las guerras del siglo XX hubieran tenido la misma tasa de mortalidad que las guerras tribales, habría habido 2.000 millones de muertos en lugar de 100 millones.
Contrario a la creencia popular, la guerra primitiva no era «un juego». Eran emboscadas al amanecer, masacres de aldeas completas y una vigilancia constante. No había «Tratados de Ginebra». Era una guerra de desgaste absoluta.
El mito persistente del «buen salvaje»

Durante décadas, tanto la creencia popular como buena parte de la academia han sostenido que la guerra prehistórica era un fenómeno raro, de consecuencias limitadas, y que la violencia organizada era esencialmente un mal introducido por la civilización y el Estado. Esta visión, heredera directa de la filosofía ilustrada de Jean-Jacques Rousseau, pintaba al ser humano primitivo como un ser naturalmente armonioso, corrompido solo por las instituciones sociales complejas.
Autores de gran influencia como William Sumner describieron al hombre primitivo como «un animal pacífico», convencido de que los conflictos bélicos eran una patología moderna. Bronislaw Malinowski, por su parte, advertía contra la idealización de un «dorado de paz perpetua» en la ascendencia humana, aunque paradójicamente sus propios estudios etnográficos contribuyeron a consolidar una imagen relativamente pacífica de ciertas sociedades no occidentales.
El problema central de esta interpretación, según Keeley, residía en sus bases metodológicas. Los estudios etnográficos que la sustentaban se realizaban mayoritariamente sobre sociedades que ya habían sido «pacificadas» por administraciones coloniales occidentales: pueblos cuyas prácticas guerreras habían sido suprimidas por la fuerza antes de ser estudiadas. Así, los investigadores observaban el resultado de la pacificación forzada y lo confundían con el estado natural de esas culturas.
Una realidad brutal

Lawrence H. Keeley, arqueólogo de la Universidad de Illinois en Chicago, no construye su argumento sobre especulaciones teóricas. Su obra descansa sobre una base sólida de evidencia empírica: excavaciones arqueológicas, análisis de restos óseos, estudios de asentamientos prehistóricos y comparaciones sistemáticas entre sociedades no estatales de todo el mundo. El resultado es un cuadro radicalmente distinto al que ofrecía el paradigma del «buen salvaje».
Uno de los ejemplos más contundentes que cita Keeley proviene de California, donde el análisis de un poblado prehistórico reveló una tasa de muertes violentas cuatro veces superior a la registrada en Estados Unidos y Europa durante todo el siglo XX, el período más devastado por guerras mundiales, genocidios y conflictos armados de la historia moderna. Este dato por sí solo subvierte la narrativa predominante de manera definitiva.
Las investigaciones realizadas en Europa neolítica arrojan resultados igualmente perturbadores. Lejos de ser una era de pastores pacíficos cultivando la tierra en armonía, el Neolítico europeo estuvo marcado por conflictos armados frecuentes, destructivos y organizados. Yacimientos como el de Talheim en Alemania o el de Asparn-Schletz en Austria muestran fosas comunes con decenas de víctimas que presentan evidencias claras de muerte violenta: cráneos fracturados, huesos con marcas de corte, puntas de flecha incrustadas.
La guerra tribal, más mortal que la moderna

Quizás la afirmación más provocadora de toda la obra de Keeley es también la que está mejor respaldada por los datos: la guerra prehistórica era, en términos proporcionales, aproximadamente 20 veces más mortífera que la guerra del siglo XX. Esta conclusión, que parece contraintuitiva a la luz de las armas nucleares, los bombardeos masivos y los genocidios industriales de la era moderna, se sostiene cuando se analiza la proporción de la población total que moría a causa de la violencia organizada.
El caso de la fosa común descubierta en Dakota del Sur es uno de los más impactantes del libro. En ella se encontraron más de 500 restos humanos —hombres, mujeres y niños— con evidencias de haber sido escalpados y mutilados, depositados en una única fosa que data de un siglo y medio antes de la llegada de Cristóbal Colón a América. No hay nada en este hallazgo que sugiera un ritual; todo apunta a una masacre sistemática de una comunidad entera.
Keeley subraya también el carácter crónico de la guerra primitiva, en contraste con la guerra moderna, que tiende a concentrarse en períodos acotados seguidos de largos intervalos de paz. En las sociedades tribales, el estado de «guerra» era casi permanente: pequeñas incursiones, emboscadas a individuos aislados, robos de ganado y raptos de mujeres se sucedían de manera continua durante años o décadas. Esta persistencia hacía que, acumulados en el tiempo, los costos humanos superaran con creces los de conflictos modernos más intensos pero temporalmente más limitados.
Conclusiones impactantes
El argumento central que corona la obra de Keeley es la denuncia de lo que él llama «la pacificación del pasado»: la tendencia sistemática, tanto en la academia como en la cultura popular, a ignorar, minimizar o reinterpretar las evidencias de violencia prehistórica para sostener una narrativa idealizada del ser humano primitivo. Esta distorsión, lejos de ser inocente, ha tenido consecuencias reales en cómo entendemos la naturaleza humana, la paz y la guerra.
La obra de Keeley concluye con una reflexión sobre las implicaciones de estos hallazgos para nuestra comprensión de la naturaleza humana. Si la guerra no es una patología introducida por la civilización sino una constante prehistórica, entonces las preguntas sobre sus causas se vuelven mucho más complejas e incómodas. ¿Es la agresión organizada una predisposición evolutiva? ¿Qué mecanismos culturales, institucionales o biológicos permiten a algunas sociedades alcanzar la paz?
War Before Civilization no es una obra cómoda. Desafía creencias profundamente arraigadas tanto en el pensamiento progresista como en el conservador, y obliga a mirar de frente una parte oscura de la historia humana que muchos preferirían ignorar. Sin embargo, es precisamente esta honestidad intelectual la que convierte al libro de Keeley en una lectura indispensable para cualquiera que quiera comprender de verdad la naturaleza de la violencia, la guerra y la paz en la experiencia humana.



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