
Montesquieu fue el primero en entender que para ver las grietas de tu propia casa, tienes que subirte al tejado del vecino. En 1721 se inventó a dos persas, Usbek y Rica, y los mandó a París para que nos miraran como si fuéramos bichos raros. ¡Y vaya si lo éramos!.
Imaginad el escándalo en el París de Luis XV. Dos viajeros de Oriente llegan a Europa y empiezan a escribir cartas a sus amigos contándoles las «salvajadas» de los occidentales. Montesquieu usa esta máscara para darnos un bofetón de relativismo cultural antes incluso de que la palabra existiera.
Los persas de Montesquieu se asombran de que los franceses adoren a un mago que les hace creer que el pan es carne (el Papa), o de que tengan un Rey que convence a la gente de que unos trozos de papel son dinero (el papel moneda). Pero no es solo una crítica a la religión o al poder; es una disección de nuestras neurosis: la vanidad, la prisa, la obsesión por la moda y la hipocresía social.
Lo brillante de las Cartas persas es que nos enseña que todos somos los bárbaros de alguien. Al mirar París a través de los ojos de Isfahán, Montesquieu nos obliga a preguntarnos: ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Es lógica o es solo costumbre? Es el libro que inventó la mirada del «observador participante» mucho antes de que naciera la antropología moderna.



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