«Una plaga de orugas»: el antropólogo entre los Dowayo.

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Este libro es la otra cara de una misma moneda, o mejor dicho, el segundo acto de una obra de teatro donde el decorado es el mismo pero el actor ha perdido la poca vergüenza que le quedaba.

Si El antropólogo inocente fue el relato del primer viaje de Barley a Camerún (entre 1978 y 1979), Una plaga de orugas es la crónica de su segunda expedición al mismo lugar unos años después. No es un libro independiente en su espíritu; es el regreso del «hijo pródigo» a las montañas de los Dowayo para intentar terminar lo que el paludismo y la burocracia dejaron a medias la primera vez.

En «El antropólogo inocente», Barley llega con el manual de Oxford bajo el brazo, creyendo que la ciencia le protegerá. Es la historia de un choque: el académico idealista contra la realidad cruda. En «Una plaga de orugas», la «inocencia» ha muerto. Barley regresa ya «resabiado». Sabe que el Land Rover se romperá, sabe que el jefe de la tribu le pedirá medicinas y sabe que los rituales nunca ocurren cuando dice el programa. Si el primer libro es una comedia de errores, el segundo es una comedia de costumbres mucho más cínica y afilada.

La relación técnica entre ambos es una tarea pendiente: la circuncisión. En el primer libro, Barley se queda con las ganas de presenciar el gran ritual de los Dowayo porque las fechas no coincidieron. Todo Una plaga de orugas está construido sobre la obsesión de Barley por regresar para, por fin, ver y documentar esa ceremonia. Es el hilo conductor que une ambos viajes: la búsqueda de una pieza del puzzle que siempre parece escapársele de las manos.

Muchos de los personajes que conocimos en el primer libro reaparecen en el segundo. Vemos cómo han envejecido, cómo ha cambiado la relación de Barley con ellos (ya no es el «extraño», sino el «blanco medio loco que ha vuelto») y cómo la modernidad va calando poco a poco en las montañas de los Dowayo.

El título, «Una plaga de orugas», es una metáfora perfecta: a veces, el gran ritual que el antropólogo espera durante meses se suspende o se arruina por algo tan prosaico como una invasión de insectos o un dolor de muelas. Barley nos enseña que la realidad siempre es más desordenada, graciosa y terca que cualquier esquema antropológico. Es la muerte del romanticismo colonial y el nacimiento de una antropología humana, sudorosa y honestamente perdida.

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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