
¿Trabajas para vivir o vives para trabajar? Hoy en el blog quiero rescatar una anécdota deliciosa del libro de Noemí Villaverde titulado «Una antropóloga en la Luna«. Cuando unos misioneros regalaron machetes de acero inoxidable a una tribu para que «produjeran más», se llevaron la sorpresa de su vida: los indígenas no cortaron más leña, simplemente ganaron más tiempo libre. Una lección magistral sobre cómo nuestra obsesión por el crecimiento nos ha robado lo más valioso que tenemos: la vida. ¿Quién es el verdadero subdesarrollado aquí?
Reproduzco literalmente la anécdota, que la podéis encontrar en las páginas 167 y 168 del libro mencionado anteriormente:
Cuenta la leyenda que hace unos años un grupo de misioneros se adentró en la Amazonía brasileña y se encontró con un grupo de nativos que hacía uso de instrumentos extremadamente primitivos para cortar leña. Los misioneros decidieron hacer un esfuerzo y regalarles unos cuchillos de acero inoxidable de fabricación norteamericana. Un par de años después recalaron de nuevo por aquella región y se entrevistaron con ellos. Uno de los misioneros preguntó:
– ¿Qué tal con los cuchillos?
Y uno de los hombres respondió inmediatamente:
– Muy bien. Cortamos ahora la leña diez veces más rápido que antes.
El misionero replicó:
– Entonces estaréis produciendo diez veces más leña que antes.
El nativo respondió perplejo:
– No. Cortamos la misma cantidad de leña que antes, sólo que ahora disfrutamos de diez veces más tiempo para hacer aquello que realmente nos gusta.
Esta es la demostración empírica de que el sistema capitalista no es una ley natural, sino una patología cultural. Para el misionero (hijo de la ética protestante del trabajo), la tecnología sirve para aumentar la producción. Si tienes un hacha mejor, cortas más leña para vender o acumular. Punto.
Pero para el indígena, que vive en lo que Sahlins llamaba ‘la sociedad opulenta original‘, la tecnología sirve para disminuir el esfuerzo. Si la herramienta es diez veces más eficiente, significa que puedo dedicar diez veces menos tiempo a las tareas de subsistencia. ¿Para qué quiere más madera de la que necesita para su fuego? Lo que el indígena valora no es el montón de troncos, sino el tiempo para estar con los suyos, para contar mitos, para dormir la siesta o, simplemente, para ver pasar las nubes. Es la lógica de la suficiencia contra la lógica de la eficiencia. Ellos no son «vagos»; son, simplemente, mucho más inteligentes que nosotros: han entendido que el único recurso no renovable es el tiempo.



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