
Vivimos en una cultura de la ambivalencia. Por un lado, tratamos al cuerpo como a un enemigo al que hay que domesticar: le prohibimos envejecer, le prohibimos fallar, le prohibimos tener «sobras». Cada arruga es una grieta en nuestra muralla de seguridad; cada gramo de grasa es una derrota política frente a un mundo que nos exige ser «eficientes» y «perfectos».
Pero el cuerpo no es algo que «tenemos», es algo que somos. Cuando intentas controlar el cuerpo para no sentir miedo del mundo, lo que haces es desterrarte de tu propia casa. No somos conscientes de que nuestras arrugas y «fallos» no son defectos de fabricación, son las crónicas de nuestra resistencia. El que no acepta su vulnerabilidad es un esclavo de la perfección.
Fijaos en la trampa: al intentar silenciar la discapacidad o la vejez, no estamos siendo más fuertes, estamos siendo más frágiles. Porque estamos negando la única verdad absoluta que tenemos: que somos seres vulnerables. El cuerpo se ha convertido en un proyecto de ingeniería, en un objeto de consumo. Si controlo mi dieta al milímetro y monitorizo mis pasos con un reloj digital, siento que tengo el timón de mi vida, aunque el barco se esté hundiendo en un océano de precariedad laboral y vacío existencial. Es la soberanía del espejo como consuelo ante la pérdida de soberanía real.
Exaltamos la juventud y la flexibilidad porque son los valores que el mercado nos exige, pero lo hacemos persiguiendo una fantasía que no existe. Es la victoria definitiva del sistema: que el individuo se sienta culpable de su propia biología.



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