
Si Lévi-Strauss es la tragedia de los trópicos, Barley es la comedia de enredos de la academia. «No es un deporte de riesgo» es el manual definitivo sobre cómo el intelectual de despacho se desmorona en cuanto se le acaba el papel higiénico en medio de Indonesia.
Nigel Barley hace algo imperdonable para los académicos serios: cuenta la verdad. Después de su desternillante aventura con los Dowayo en Camerún, Barley viaja a las tierras de los Toraja en Indonesia, pero esta vez no nos habla de estructuras de parentesco aburridas, sino de la chapuza logística y existencial que es el trabajo de campo.
Barley destroza el mito del «antropólogo heroico». Nos muestra que el investigador no es un observador invisible, sino un tipo torpe, lleno de dudas, que sufre de diarrea, que se desespera con la burocracia y que a menudo es el blanco de las burlas de aquellos a los que pretende estudiar. Lo brillante del libro es cómo utiliza el humor para hacer una crítica feroz: la antropología, a menudo, no es más que un intento desesperado de Occidente por encasillar lo que no entiende. Para Barley, el «deporte de riesgo» no es enfrentarse a caníbales, sino enfrentarse al espejo de la propia inutilidad europea frente a una cultura que nos mira con curiosidad y algo de lástima.



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