
La mayor victoria del sistema no ha sido convencerte de que trabajes más, sino de que te sientas culpable si no eres feliz mientras lo haces. Hemos pasado de la explotación externa a la auto-explotación emocional. Es el «imperativo del disfrute«: si no estás aprovechando el tiempo, si no estás vibrando alto, si no encuentras el aprendizaje en la tragedia, entonces el problema eres tú.
Esta felicidad obligatoria funciona como un mecanismo de censura. Se prohíbe el malestar porque el malestar es el motor de la crítica. Un ciudadano deprimido o furioso es alguien que puede empezar a hacerse preguntas sobre la precariedad, el aislamiento o la falta de futuro. En cambio, un ciudadano que cree que su tristeza es solo una falta de actitud o un desajuste químico, es alguien que se queda en casa leyendo libros de autoayuda en lugar de salir a la calle a buscar responsables.
Han convertido la psicología en una herramienta de control de daños corporativo. La «resiliencia» es el término que inventaron para que aguantemos los golpes sin quejarnos. Pero debemos tenerlo claro: en una sociedad enferma, estar bien adaptado no es un signo de salud, es un síntoma de desconexión total. Reivindiquemos el derecho al berrinche, al duelo lento y a la mirada torva. La alegría real no necesita manual de instrucciones ni filtros de belleza; la otra, la de la dictadura, solo necesita un buen departamento de marketing.



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