
No te equivoques. Estar contra la guerra es estar contra la lógica que la hace necesaria. Si tu ‘No‘ no incluye un boicot a la estructura que te alimenta, no eres un pacifista, eres un figurante. Y en esta obra, los figurantes siempre son los primeros en caer cuando el guion se pone serio
Resulta enternecedor ver cómo desempolvan los eslóganes. Tras el ataque a Irán, las redes sociales se han llenado de ese «No a la guerra» que suena tan bien en una biografía de Instagram y tan poco en un búnker. Pero seamos sinceros: este pacifismo de clic es el último refugio de quien no quiere entender nada.
El «No a la guerra» actual es un eslogan vacío, una marca blanca de la moralidad. Es una protesta que no molesta a nadie porque no señala al verdadero culpable: un sistema que necesita el conflicto para aceitar la maquinaria del Capital. Gritamos «paz» mientras pagamos nuestras facturas a bancos que financian el uranio y usamos tecnología que depende de la estabilidad —o el caos— de Oriente Medio.
Sospecho de este pacifismo teledirigido que surge justo cuando conviene a ciertos intereses geopolíticos que prefieren la «guerra híbrida» a la abierta. Es una paz de salón que no cuestiona el Estado de Excepción de Agamben ni la vida desnuda de los que mueren bajo los drones. Es, en definitiva, el grito de quien quiere que todo cambie para que su tarifa de datos siga costando lo mismo. No es un no a la guerra; es un no me molesten con la realidad mientras consumo mi ración de indignación diaria.



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