Hortense Powdermaker, la antropóloga que diseccionó Hollywood

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Hortense nos enseñó que para entender una cultura no hay que mirar lo que dicen sus libros de historia, sino lo que proyectan sus pantallas. Ella vio la fábrica de sueños y nos avisó de que, en realidad, era una cadena de montaje de almas.

A mediados del siglo XX, mientras el mundo caía rendido ante el glamour de la pantalla, una mujer llegó a Los Ángeles con un cuaderno de notas y la sangre fría de un entomólogo. Hortense Powdermaker no buscaba la magia del cine; buscaba el mecanismo del poder.

Tras estudiar en Lesu (Nueva Irlanda) y en el Mississippi segregado, aplicó el mismo rigor antropológico a la «Fábrica de Sueños». Su novedad fue radical: trató a los grandes estudios no como centros de arte, sino como estructuras totalitarias. Fue la primera en denunciar cómo el sistema de estudios convertía al artista en un simple engranaje y al espectador en un fiel de una nueva religión secular.

Lo que hace a Powdermaker espectacular no es solo su análisis del cine, sino su capacidad para ver la continuidad del mito. Entendió que el ser humano siempre necesita tótems, y que Hollywood era el gran tótem del siglo XX, diseñado para fabricar una realidad que nos impidiera ver la nuestra. Seguimos siendo esa tribu que baila alrededor de una luz proyectada, esperando que el hechicero de turno nos diga quiénes somos.

Un camino revolucionario

Nacida en 1896 en Filadelfia, Hortense Powdermaker comenzó su carrera como sindicalista en Estados Unidos, en una época caracterizada por una fuerte e intensa represión laboral. La frustración ante el gran número de limitaciones que encontró en el sindicalismo la llevó a buscar herramientas más profundas para comprender las sociedades humanas.

Su decisión de estudiar antropología en la prestigiosa London School of Economics bajo la tutela de Bronisław Malinowski marcó un punto de inflexión. En 1929, se convirtió en la primera mujer antropóloga en vivir sola entre los Lesu de Nueva Irlanda, Papua Nueva Guinea, lo que definió toda su carrera académica.

En 1939, y tras una etapa de trabajo de campo, presentó su libro «After Freedom«, un revolucionario y detallado análisis sobre las relaciones raciales. Este trabajo demostró que la antropología podía aplicarse con rigor científico al estudio de la sociedad contemporánea estadounidense, no solo a culturas lejanas consideradas «exóticas». Powdermaker estableció un precedente metodológico crucial para los estudios culturales modernos.

La fábrica de sueños bajo el microscopio antropológico

Entre 1946 y 1947, Hortense Powdermaker tomó una decisión audaz y sin precedentes: aplicar las metodologías etnográficas desarrolladas en Papua Nueva Guinea y Mississippi a la industria cinematográfica de Hollywood. Su pregunta fundamental era profundamente antropológica: ¿qué revela sobre una sociedad el estudio de sus productores de mitos y narrativas colectivas? Si los antropólogos estudiaban los rituales y sistemas de creencias en sociedades tradicionales, ¿por qué no examinar la maquinaria que creaba los mitos modernos?

El resultado fue «Hollywood, the Dream Factory» (1950), la primera y única etnografía profunda de la industria cinematográfica escrita con rigor antropológico, una obra que permanece vigente décadas después.

Cuando decimos que los estudios monopolizaban el proceso, no hablamos de logística, hablamos de extirpación. Hortense Powdermaker descubrió que en Hollywood el artista no era el dueño de su visión, sino un empleado cualificado en una cadena de montaje de afectos.

El sistema de estudios era un panóptico perfecto: el productor concebía la idea como quien diseña un detergente; el guionista redactaba por encargo piezas intercambiables; el director era un capataz que vigilaba el cronómetro; y la distribución aseguraba que el público no tuviera otra opción que consumir ese menú precocinado. No había fisuras por donde pudiera escapar la verdad.

La autonomía creativa no fue «eliminada» por accidente; fue sacrificada en el altar de la predecibilidad. Un artista libre es un riesgo financiero. Por eso, el sistema convirtió el talento en una propiedad del estudio. Los actores no tenían rostro, tenían contratos de exclusividad que dictaban hasta con quién debían cenar. Hortense lo vio claro: Hollywood fue el primer experimento exitoso de totalitarismo blando. Convirtieron el arte en un producto estandarizado para que el espectador, al salir de la sala, no sintiera el impulso de cambiar el mundo, sino el deseo de comprarse el coche que salía en la película.

Hortense Powdermaker lo vio antes que nadie: Hollywood no proyecta películas sobre una pantalla, las proyecta sobre el inconsciente colectivo. No se trata de entretenimiento; se trata de establecer los límites de lo que es posible desear, temer o amar. Hollywood no nos dio alas para soñar; nos dio un mapa prefabricado para que nunca saliéramos del laberinto del consumo. La verdadera libertad no es elegir qué película ver, sino ser capaces de imaginar un mundo que no haya sido guionizado por ellos.

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Gaspar Bruelt. Antropólogo de formación y merodeador de profesión.

Explorador del claroscuro social. Muchos años observando lo que otros ignoran. Especialista en capturar la esencia de los "monstruos" que habitan nuestra normalidad. Escribo desde la frontera entre la academia y la calle, allí donde la realidad se vuelve líquida. Entre bibliotecas polvorientas y ciudades que nunca duermen, lucho por mantener la curiosidad de un niño.

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