
Nosotros, los «civilizados», vivimos atrapados en una línea recta que llamamos tiempo: un pasado que ya no existe y un futuro que nos angustia. Pero para los aborígenes australianos, existe el Alcheringa o «Tiempo del Sueño». No es un pasado remoto, sino un presente eterno que ocurre simultáneamente a nuestra realidad cotidiana.
Para ellos, el paisaje no es solo tierra o recursos explotables; es un mapa de canciones. Cada roca, cada río y cada duna fue cantada a la existencia por los ancestros durante el Sueño. Caminar por la tierra es, literalmente, leer una partitura sagrada. Si dejas de cantar la tierra, si dejas de recorrer sus líneas, el mundo muere.
Comparad ahora esta conexión mística con nuestra forma de habitar el espacio: para nosotros, la tierra es solo un solar donde levantar un bloque de hormigón o una mina de la que extraer litio. Hemos «desencantado» el mundo para poder saquearlo. La mirada aborigen nos recuerda que el territorio no nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos al relato que la tierra cuenta. En el interregno, donde estamos perdidos sin GPS, ellos nos enseñan que la verdadera orientación no es técnica, sino espiritual: solo sabes dónde estás cuando sabes qué canción está sonando bajo tus pies.



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